El monopolio del monopolio

Soy fanático de Monopoly, el juego de negociar propiedades (y destruir a tu competencia). El otro día, un día de universitario común, descubrí un billete de 100 “monopolios” (así me gusta llamarle a la divisa del juego) olvidado entre las páginas de mi libro The Zombie Survival Guide (Zombie –  Guía de supervivencia), un detalle traído por un amigo que había visitado Nueva York y que me regalo un día que nos juntamos varios para una partida (Nota: EL MONOPOLY PUEDE ARRUINAR AMISTADES, nunca lo jueguen con seres queridos que no disfruta del juego o que no tienen interés en él). Seguramente lo dejé ahí como separador en esa ocasión. El punto es que coloqué el libro sobre una barda cuando, de pronto, una brisa decidió hojearlo, arrojando con desdén el billete por los aires. Y ahí me tenían a mi, persiguiendo mis 100 monopolios mientras el viento intentaba alejarlo de mi (¿o a mi de él?).

Te han adueñado

Me di cuenta del apego que le tengo a un billete carente de divisa real; tan solo es un billete-juguete. Pero me di cuanta también que, en su valor aparentemente simbólico, esto es, valor de intercambio, me tiene en estado zombie, en persecución de sus entrañas. Es un apego, en ese sentido, visceral. Tenemos al dinero a flor de piel: lo mezclamos con nuestros sentimientos. O eso creemos. Es, en semblanza del atributo atribuido al amor, de lo que más añoramos en nuestra cultura globalizada, o <mundializada> en un sentido de Baudrillard. Sin embargo es intercambiable por todo y nada. ¿Qué me dicen de las personas que se casan por dinero? Intercambian afecto por dinero. ¿Qué me dicen de aquellos que intercambian sexo por dinero y viceversa? ¿Qué me dicen de quienes lo apuestan todo en una partida? ¿Cuánto no hemos escuchado de gente que apuesta la ropa, el carro, la casa e, incluso, la esposa, la familia?

El problema es que pareciera que el dinero es añorado como un fin (“quiero ser millonario” es la meta de miles, es lo que dicen muchos niños) cuando es en realidad un medio. Pero si éste es equivalente a todo (y nada), es decir, que puede intercambiarse por todo, y ese todo engloba a todos los productos y servicios para los que funciona como un medio, ¿entonces no es paralelamente el dinero medio y fin?

En Monopoly se trata de ser el más rico. Es a la vez de aniquilar al contrincante, donde aniquilar es llevarlo a la bancarrota. Mientras más tengas que el otro, más inminente es la aniquilación del otro. Poseer más (dinero y propiedades) es un medio para aniquilar a la competencia; pero aniquilar a la competencia es al mismo tiempo un medio para obtener y acumular más dinero y más propiedades. ¿Cuál es el fin, si acumular o aniquilar, y cuál es el medio, si aniquilar o acumular?¿Cuál es el fin, si amar o acumular amor, y cuál es el medio, si acumular amor o amar?

Sencillamente es un redoblamiento de la estructura. Mejor dicho, es el desdoblamiento –duplicamiento– de la estructura. Un pliegue que se abre poco a poco hasta abarcar el tablero, luego la mesa. Así el dinero lo abarca todo: medios y fines, a nosotros como zombies para acumular y acumularnos.

Incluso los países. Los Estados se subyugan al mercado. En Monopoly, ser propietario únicamente de las estaciones de trenes y de los servicios de agua y luz, análogos de los servicio que provee el Estado, te ayudará a sobrevivir por un buen rato. Pero no contra quienes poseen propiedades; quizá contra  aquellos que poseen las propiedades menos valuadas. Incluso la autoridad policiaca es más una cuestión de azar que de principios en el juego. Y es poco eficiente contra los propietarios. En Monopoly no vale la pena poseer propiedades Estatales si no se tienen propiedades  de mercado. En la vida real no se puede tener un Estado sin mercado. En la vida personal no se quiere tener una vida sin dinero.

monopoly

Escribe Zygmunt Bauman, sociologo anglo-polaco, en su libro Vida de consumo, que los Estados entregan su soberanía al mercado[1], misma premisa que había expresado Hitler de la siguiente manera:  “En razón directa al hecho de que la economía había llegado a convertirse en el árbitro del Estado, el factor dinero era el dios a quien todo el mundo tenía que servir doblegándose”[2].

Como hemos mencionado, no se trata de doblegarse ante dinero, sino de doblegar también al otro en nombre del dinero. Lo hacemos los individuos, lo hacen los países, lo hacen los bloques económicos. Lo hacemos en un juego de mesa; lo hacemos en la vida real: ambos son un tablero.

Por Ulises Bobadilla y Jiménez

Referencias

1.Bauman, Zgmunt. Vida de consumo. México D.F., Fondo de Cultura Económica, 2012.

2. Hitler, Adolf.  Mi lucha. México, Editorial del Partido Nacional Socialista de América Latina, 2000.

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