El zapato de la sospecha

Antes que nada, disfruto de andar descalzo (incluso lo hago en la biblioteca de mi universidad…a veces). Es una costumbre que tengo desde hace unos años.

No shoe

Fotografía original de Carole R. Farell, extraída de: http://www.flickr.com/photos/semper-somnium/7126862269/

No existe mayor tejido moral y material que nos desvincule del entorno como el calzado. En cuanto a lo primero, usar calzado es una exigencia ética; hay que hacerlo por respeto a los demás. Sobre lo segundo, el calzado nos da un valor agregado; es la máxima expresión del estilo consumista materialista: los zapatos determinan al hombre. “A un hombre se le juzga por sus zapatos”. Son el detalle concluyente del vestir. Es así que se exige calzado para el  individuo, por una demanda ética y por otra materialista. Pero en torno a estas exigencias se distingue un problema. ¿Qué mayor manera de negar la naturaleza (realidad) sino es a través de la ética y de lo material?

La ética (y la moral) provienen de las exigencias culturales bajo el afán de ser “civilizados”. Un pie descubierto repercute en las relaciones, es mal visto y genera disgusto (ok, admito que quizá los pies no son la parte más bella del cuerpo). Y la civilización, la cultura, intentan mediar o, mejor dicho, limitar los deseos al grado de engendrar culpa (a veces me siento mal de andar descalzo cuando hay gente presente). Tan inherentemente determinada es la ética en el calzado que a una persona se le juzga por su calzado.

Así mismo, la civilización busca alejarnos del entorno -natural- por los riesgos que éste representa. El calzado encarna la premisa material, pues entre la planta del pie y el suelo, existe un tejido. El hombre no está con los pies en la tierra. Esto puede verse como una alienación respecto al entorno, mediante la cual protegemos nuestra “delicada” piel de los peligros terrenales (piedras, materiales rotos y punzocortantes, animales que pican, el frió de pavimento o lo ardiente del suelo. ¡LA VIDA NO ESTÁ EXENTA DE RIESGOS! Es negar la vida y el mundo cual son. Allá afuera, ambos están listos para hacernos la vida imposible con obstáculos, riesgos y heridas que nos infligirán, desde laborales, profesionales y académicas, hasta las materiales.

Mientras más calzado usemos, menos resistirán nuestra piel estos “riesgos”, y más vulnerables nos hacemos ante la dependencia de un zapato y frente al mercado consumista (capitalista y materialista) alienador que lo provee.  Más nos sometemos a la negación del mundo dado, más nos sojuzgamos a la debilidad a consecuencia de nuestra debilidad, y más nos subyugamos al mundo y sus riesgos. Es lo contrario a una vacuna, la cual introduce un “virus” al sistema inmunológico para que éste lo asimile como tal y aprenda a defenderse de él. Es lo opuesto de la tolerancia al alcohol, la cual se desarrolla mientras más alcohol se ingiere, y nos hace resistentes a sus efectos . Es también el antónimo del callo.

Se dice que es poco higiénico andar descalzo (y la higiene es otra exigencia cultural), ya que uno se ensucia y puede contraer (o contagiar) hongos. Sin embargo tendemos a bañarnos con mayor frecuencia que nuestra costumbre de lavar nuestros zapatos. Incluso lavamos más nuestros calcetines. Así que la próxima vez que alguien pise tu tapete con calzado, pregúntate qué más no ha pisado (tierra, lodo, polvo, bichos, heces, meados…¡incluso el sucio pavimento y la mugrosa calle!). La piel es impermeable y lisa; el calzado generalmente no, por lo cual la mugre y el lodo son más difíciles de sacar.

En conclusión, andar descalzo es mantener contacto íntimo con el entorno, es mantener los pies en la tierra y relacionarse íntimamente con el mundo. La sensación del pasto bajo la planta es relajante; el suelo es cada ves menos áspero, una alegoría de cómo nuestras mente y cognición, a través del tacto, asimilan el entorno que les rodea y se simpatizan con él; el pavimento quema cada vez menos y el frío del suelo no genera resfriados. El calzado es bonito, y en un sentido cultural, necesario. Me gusta comprar calzado (soy peor que una mujer en ese sentido). Pero llega un punto en que traerlo resulta agobiante y asfixiante, como el sistema mismo en que vivimos.

Eso sí, no hay nada que hacerle a la mugre. Pero a diferencia del zapato, ésta sale del pie con mayor facilidad. He de admitir que los zapatos son mejores que la piel disimulando la suciedad.

Atrévanse a desnudar el pie, a rasparse con el suelo, a quemarse con el pavimento… a sentir el entorno. Vivimos en un mundo no dado, sino transformado, que nos asfixia. Tener contacto con el mundo dado es una buena forma de relajarse. Disfrútenlo.

Se me ocurre una frase concluyente: Y ahí en la cima, a trece pisos de tierra firme, el empresario, hombre de negocios exitoso, aprecia la vista urbana de hormiga desde su oficina. Viste unos zapatos Versace.

DescalzoFotografía original de Alejandra León S., extraída de: http://www.flickr.com/photos/32443601@N05/5626318188/

Por Ulises Bobadilla y Jiménez

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